Agua salada

Sueños Húmedos

Entró reclamándome por soñar con ella. Me llamó pervertido por tener sueños húmedos con su persona. No supe cómo reaccionar. No tenía idea de cómo se enteró de aquello si a nadie se lo había contado. Me advirtió que, si volvía a ocurrir, tomaría acciones legales. Me amenazó, incluso, con contarle a su novio para que me diera una paliza. Luego se fue. Todo el día me lo pasé preguntándome cómo se enteró. Creía que los sueños eran lo único verdaderamente privado que teníamos, pero me equivoqué. No pude sacarme de la mente su amenaza, pues me aterraba que mi subconsciente volviera a invocarla en sueños. Yo me sentía atraído por ella. No lo voy a negar.

Cuando todo este incidente comenzó, yo trabajaba en una cafetería de los alrededores de la universidad en la que ella estudiaba. Todas las mañanas, antes de clases, ella compraba un café y se sentaba en una de las mesas a repasar sus lecciones. Entonces yo la contemplaba desde mi puesto, deseoso por invitarla al próximo café que pidiera. Pero si nunca lo hice fue porque sabía que ella tenía novio. Un tipo simplón que de vez en cuando llegaba sólo a amontonársela en plena cafetería. Me dolía en el alma verla con ese tipejo.

En más de una ocasión tuve que pedirles que dejaran de besarse porque estaban en un lugar público y podía haber niños presentes, cuando en realidad lo hacía porque sentía rabia de verla recibir caricias tan profundas por alguien que no era yo.

Una noche, me fui a acostar temprano para dejar de pensar en ella. Recuerdo haberle cancelado a mi novia porque no sentí justo estar a su lado cuando mi mente estaba con otra mujer. Apagué las luces y casi de inmediato caminé hacia la luz negra que indica el camino al mundo onírico. Avancé dentro de aquella oscuridad hasta que, por desgracia, me la encontré.

Estaba sentada en una mesa de la cafetería. Leía un libro cuando de pronto levantó la vista y me vio. Al principio no supe cómo reaccionar, pero poco después de que me dedicara una sonrisa, me atreví a acercarme a ella y hacerle todo aquello que deseaba hacerle en la realidad. Me senté a su lado y sin advertirle nada, la besé. Toqué sus muslos, mordí sus senos y hasta satisfice mi fetiche de pies.

Al día siguiente, llegué al trabajo con una sensación extraña. Pero esta se desvaneció cuando pocas horas después de haber llegado a la cafetería, ella entró a reclamarme.

¿Cómo controló mis sueños? Me la pasé preguntando todo el día. ¿Hay alguna forma de censurar mi subconsciente? Mi intento de autocensura sólo empeoró las cosas, pues mientras más intentaba dejar de pensar en ella, más lo hacía. Caí dormido y avancé a lo largo de aquel mundo onírico.

De nuevo, para mi pesar, ella apareció vistiendo aquel vestido holgado con el que tanto me gustaba verla. Aunque al principio parecía distante, poniéndome todas esas barreras de las que me advirtió en el mundo real, poco a poco bajó la guardia y pareció darme permiso de acercarme. Volví a caer en ese instinto animal tan propio de los hombres y criticado por las mujeres. Todo el sueño lo pasamos probando poses sexuales que eran difíciles de hacer en el mundo real. Ella parecía disfrutarlo, lo juro. Más de una ocasión tuve la impresión de que era ella quien tenía el control.

Cuando dejamos de soñar y a la mañana siguiente no llegó a reclamarme, creí que tal vez había disfrutado nuestro encuentro y estaba avergonzada de admitirlo después de amenazarme. Pero, obviamente, me equivoqué. A la semana llegó la fiscalía con una denuncia en mi contra.

Vaya vergüenza la mía cuando mi novia se enteró. No podía creerse que haya soñado con otra. “¿A caso ya no te gusto?”, me preguntó. “¿Ya no sentís nada por mí?”, insistió por una respuesta. No pude mentirle. No me atreví a decirle que los sueños con aquella chica no significaban nada para mí. Menos teniendo en cuenta que la breve historia de amor con mi novia, ahora ex, comenzó del mismo modo.

La soñé a la semana de conocerla y nos dejamos llevar por nuestras fantasías. Al despertar, después de nuestros sueños húmedos, platicábamos con la complicidad de lo soñado, aunque nunca hablamos del tema. Hasta que un día, finalmente, decidimos que nuestra relación pasara al plano de lo real. Pero toda la magia que teníamos se perdió con el tiempo. Nos aburrimos de nosotros, pero no estábamos dispuestos a aceptarlo.

Fue en esa crisis cuando vi por primera vez a aquella chica en la cafetería. Fue con esa crisis por la que estoy pagando condena. El juicio en mi contra fue largo. No había pruebas tangibles que mostraran mi culpabilidad o inocencia. Era su palabra contra la mía. Ni mi abogado ni el psicólogo que contraté para que explicara el subconsciente de los sueños, me salvaron de la cárcel.

Fui declarado culpable cuando ella señaló que, real o no, la sola intención bastaba para demostrar el agresor sexual que vive en mí. Que, aunque todavía no cometía delito, mi subconsciente dejó claro mi deseo por hacerlo, por lo que nada podía asegurar que un día no lo intentara. Que con sólo conocer mis intenciones ella ya no se sentía segura. Que en estos tiempos debería bastar la simple incomodidad de una mujer para que la ley actuara a favor de ella.

Como mi caso fue el primero en el mundo donde se culpó a alguien por tener sueños húmedos, no sabían qué condena darme. Mi abogado llegó a un acuerdo con el juez y la chica para que estuviera preso hasta que mis sueños con ella desaparecieran. Fui trasladado a una prisión en la que se encontraba toda una serie de asesinos y violadores cumpliendo condena.

“¿Y vos por qué estás acá?”, me preguntó un hombre conocido por golpear, violar y matar a no sé cuántas mujeres. “Porque tuve un sueño húmedo con una chica”, le respondí y se burló de mí.

Hoy tengo, no estoy del todo seguro, poco más de dos años en prisión. Lo que creí iba a ser una pequeña temporada en detención se convirtió en cadena perpetua. A la fecha, sigo soñando con ella. No puedo evitarlo, menos cuando tengo tanto tiempo metido en un penal sólo de hombres y el último recuerdo que tengo de una mujer se resume en aquella mañana en el tribunal donde, para mi mala suerte, ella llevaba una falda corta que lucía sus largas piernas; así como un escote que me reveló sus pechos.

Después de cada sueño que he tenido con ella mientras cumplo mi condena, recibo una llamada de mi abogado notificándome que la chica ha declarado al juez que volví a involucrarla en uno de mis sueños húmedos, por lo que no debía salir en libertad. He intentado de todo para dejar de soñarla. Hasta traté de tener una aventura homosexual aquí en la cárcel, pero no sirvió de nada.

Ella sigue apareciendo en mi subconsciente. Comienzo a creer que lo hace de manera intencional. Desde hace ya varios sueños que no son mis fantasías sexuales las que realizamos dentro del plano onírico. Estoy convencido que lo que hacemos en sueños son las fantasías de ella. Y es que sospecho que tiene problemas con su novio de la vida real. Cada vez que se me aparece, veo en su rostro que ha llorado. Creo que ella intenta, al menos en sueños, vengarse de su pareja. Pero no tengo pruebas para demostrar que me está usando, no tengo más remedio que seguir pagando una condena por mis sueños húmedos.

Felipe A. García
Felipe A. García

(San Salvador, El Salvador, 1991). Autor de las novelas “Hard Rock” (Los Sin Pisto, 2018) y “Diario mortuorio” (Los Sin Pisto, 2018). Editor del proyecto cultural Revista Café irlandés. Comediante de Stand Up en el grupo Comedia ES.

Todas las fotografías son propiedad de jacquiiebang y fueron tomadas bajo su permiso de
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