Agua salada

Obsesión

Obsesión

… Un hombre solo es solamente la mitad de algo.
Un hombre solo es la mitad de una cama.
La mitad de una cama es la mitad de una vida.
La otra mitad de este hombre está dándole la espalda 
en la otra mitad de la cama.

“La vida es un tango”, Lorenzo Lunar, 2018

Hoy, como tantos, ha sido un día muerto en lo que respecta a nosotros. Apenas nos hemos mirado. Ayer en la tarde, antes de irse al trabajo, la excusa del ¿por qué su ausencia también la jornada siguiente?, me nubló, dando explicaciones en las que como siempre sale a relucir mi supuesto “grave problema” con la desconfianza. En ese momento, como en tantos otros, solo atino a bajar la cabeza y quedarme en silencio con tal de no agravar las cosas y me siento patéticamente desconfiada y con remordimientos por sentirlo. Pero a veces sigo hablando y empeoro la discusión, donde entonces él se pone agresivo y termina todo con un simple “no quiero hablar más del tema”, como si estuviese ante un monólogo y lo que yo tenga aún por decir no tuviese la más mínima importancia. 

Lo intento, claro que lo intento, pero no es simple. A veces creo que el fallo está en amarlo tanto, en creerlo y querer poseerlo como entera y únicamente mío. ¿Acaso está eso mal? ¿Hace daño amar tanto a alguien? En ocasiones me ha dicho que no es amor lo que yo siento, que alguien que ama no lastima de ese modo poniendo en tela de juicio todo el tiempo a su persona. Que es obsesión, no amor, y estoy por creérselo, tal vez si lo hago logre irme sin mirar atrás, de una vez y por todas, para dejar de joderle la vida como también me ha dicho, y que encuentre a alguien que valga la pena, que lo merezca, que merezca a un hombre fiel, sin nada que ocultar y con la conciencia tranquila como él.

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Pero entonces pienso en todas las cosas que pasan, cosas que quedan abiertas sin explicación coherente, sin lógica alguna, cosas desde pequeñas y tal vez para muchos insignificantes, hasta algunas otras más concretas y perjudiciales, que me demuestran que algo en sus palabras desajusta sus honradas historias de hombre perfecto, trabajador y esmerado, que solo va de la casa al trabajo y del trabajo a reunión hoy, reunión mañana, no sé qué más pasado mañana y así, hasta que llega por fin. Y yo quisiera creerle, creerle y creerle todo el tiempo, como lo haría cualquier mujer, con la misma abnegación que una mujer resignada que evade el sentimiento negativo lo hace con su esposo, pero algo me lo impide, a pesar de sus perfecciones envidiables, las que dice que no acepto por creerme que todos son como mi padre… o como yo. 

Quisiera irme, pero no puedo. Algo superior a mí me detiene con una fuerza sobrehumana. Lo amo. Es el padre de mi hijo y lo amo. 

La gente a mi alrededor no lo entiende. Todas quisieran uno así, me dicen, y me pregunto: ¿acaso he dicho que no lo quiero? Precisamente por quererlo es que temo perder lo que tengo a su lado: ese cariño, que con los años ya no es el mismo, a veces más, casi siempre menos, pero cariño al fin y al cabo; la pasión de los besos, que ahora solo se notan ante el fuego del sexo, no como antes cuando de rosarnos los labios ya emanaba por la comisura aquel olor dulzón que hasta empalagaba, pero pasión al fin y al cabo; hacer el amor desenfrenados, ya más de vez en cuando, de cuando en cuando, de acuerdo a sus reuniones y el cansancio del trabajo, según se excuse, pero buen sexo al fin y al cabo… Y así pudiese ir aumentando más cosas admirables a la lista, pero de qué me serviría, si ni siquiera ante este cacharro frente al que escribo logro juzgarlo tal como deseo, aunque sea para desahogarme, porque lo que es solo sospecha, por fuerte y lógica que parezca, nunca deja de ser solo eso, sospecha. Y mientras tanto, yo sigo de paranoica y él de hombre santo.

La respuesta ante la pregunta eminente es sí, sí creo que haya alguien más, aunque hay cosas que no encajan del todo en esa idea, cosas que también se salen del cliché de los tarros convencionales, conductas claves, específicas, pero como ya he dicho, él no es un hombre con una conducta específicamente tachable, sino todo lo contrario. En ocasiones lo veo actuar, o no lo veo, simplemente voy descubriendo sus pasos una vez que he llegado a casa y lo habitual (porque el hombre es un animal de hábitos) no se sucede así ese día, entonces sé, intuyo automáticamente que algo pasa, y ante mi cambio de humor o el dibujo de la incógnita en mi rostro, él pregunta “¿qué pasa?”, y yo respondo un simple “nada”, a secas y la sospecha se transfigura en mí y en él la sensación de máxima alerta, avizorando que comienza “el apocalipsis capítulo 1”. 

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¿Qué ocultará?, me pregunto. Me gustaría poder meterme en su cabeza para saber lo que piensa y descubrir de una vez si me estoy volviendo loca de verdad, si la ascendencia psiquiátrica que heredo de mi abuela está haciendo ya su aparición a mis tempranos años, debutando en el puerperio como de costumbre. Pero entonces vuelvo a pensarlo bien y no sé si me gustaría tener esa capacidad de leer sus pensamientos, me asusta mucho lo que pueda descubrir. Entonces, por cobarde, me paso días imaginando lo que puede estar ocurriendo, lo que esconde, que tal vez no es alguien, sino algo, tal vez un fetiche, el padecimiento de alguna parafilia, pero ahí me detengo, porque estoy de pronto extendiendo demasiado la soga de mi imaginación y entonces vuelvo y recojo un poco, recojo y recojo hasta dejarla cortita y volver a hacer las conclusiones que desde un inicio hice… 

Yo lo intento, claro que lo intento, pero tengo miedo, un miedo atroz a convertirme en ella, en mi madre, que tan confiada y sumisa siempre ha sido y la vida le ha pasado factura sin compasión. Miedo a hacer el ridículo durante años, y me sacude una sensación de impotencia, de indecisión, que nos es propia de mí, y tengo miedo a confiar, a confiar y entregarme segura de que voy a estar pisando en limpio siempre y ante la duda de si continuará la transparencia en él, o de si habrá una voz firme que me haga detenerme, aunque dejar de dar el siguiente paso acabe con mi existencia al perderlo, lo cual también pude pasar por desconfiada. 

Yo lo intento, lo intento e intento cambiar, tenerle confianza, pero ante la casi certeza de que no lo lograré, solo pido entonces que no me importe tanto, que no me duela tanto el convertirme en ella, al fin y al cabo, es mi madre, y si algo he de heredar más que su carácter agrio y su bondad infinita, también debiera ser su capacidad de aguante. Tal vez ese sea el remedio final de mi dolencia.      

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Lisbeth Lima Hechavarría

Cuba, 1995

Lic. en Biología. Especialista en Antropología Física. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (La Habana, 2014). Sus textos han sido traducidos al alemán, al francés y al polaco. Aparece publicada en varias antologías dentro y fuera de Cuba, así como en más de quince revistas literarias y forma parte del catálogo de la editorial PODIUM en Viena, de Letra Latina en Colombia y de Primigenios en EE.UU. Es editora de la Editorial Santuario en República Dominicana.

Oleaje

Caracola Magazine más profundos que la mar.

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