Agua salada

Miradas fortuitas

Miradas fortuitas

Antonio A. Huelgas

Miro durante horas, cada que puedo, sin dejarle ir. La óptica de nuestros encuentros fortuitos, ambiguos, de ardor contenido. Algo en su forma, en su cuerpo, sólo me hace querer acercarme. Tras mucho esperar llega el momento: me acercaré con gracia, tan cauto cómo pueda. La discreción es fundamental. No hay nadie alrededor. Me recargo por encima. Le miro atento, ansioso. Respiro con lentitud, pero estoy cuidando el movimiento de mi abdomen. 

Deslizo mis manos por el estómago, con lentitud, hacia abajo. Observo sus ojos verde-avellana, mirándome fijamente.  Su cabeza frente a la mía, sus blandos labios en compañía de los míos, un susurro de voces a la par. Su rostro contra el mío, unidos  ahora y para siempre, por un instante

Uno frente al otro. Sin dejarnos de mirar, bajamos y subimos, respiramos más fuerte, ansiosos y delirantes. Hay lágrimas finas en ambos, mezcladas con sudor cálido, de la brisa a la ventisca, tocando y empañando. Imaginamos, nos desvanecemos. 

Los besos fríos se llenan de una presión volcánica. Estamos contra la superficie de nuestra verdad, siendo apenas testigos y partícipes del fulgor, del ansia. Mi mano baja y sube, al igual que la suya, una y otra vez, una y otra. Respiramos con más fuerza, nos agitamos. Entre el grito, el gruñido y el silencio de respiraciones como de una máquina de vapor. Aumenta, va más fuerte, más fuerte, y más fuerte. Bocas grandes, bocas pequeñas, movimiento sin fin, hasta el final. Mi cabeza se eleva, mi cuerpo entero se pierde. Nos vamos, nos fundimos, y, en un último estallido, nos ahogamos, nos deshacemos. Blanco, rojo y plata. Nos desbocamos al más allá.

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Bajamos, de vuelta al mundo. La respiración vuelve a la normalidad. Miro una última vez, con mi brazo aún recargado. Mi cabeza se apoya por encima, antes de dejar el cuarto. Aún estoy cansado, casi agotado. Me visto de nuevo, todo se ve como debe. Limpio con cuidado, sin dejar huella del acto. Antes de salir de la habitación, miro mi reflejo. Mejor lo dejo atrás, si no nunca saldré de aquí.

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Antonio A. Huelgas

El misterio anuda sus letras. 

Albores

Caracola Magazine más profundos que la mar.

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