Agua salada

MATER INMACULATA

Mater inmaculata

Autor: VÍCTOR M. CAMPOS

Sirena: Caracola

Arriba de la cabecera, atrapada en el marquito de madera despintada, Nuestra Señora de San Juan pende de un clavo. Ahí está ella de pie todo el tiempo. Y todo el tiempo, también lleva ese raro atuendo que no es más que un vestido en forma de triángulo isósceles en color añil, blanco y dorado libertino.

El vestido oculta sus hombros y los brazos, el torso y sus piernas: los pies. Esos pies que seguro están cansados y adoloridos de tanto estar parada. Hundo la cabeza en la almohada y cierro los ojos: imagino unos querubines nalgones y con panza, de alas minúsculas y cabezotas desproporcionadas, de perfil, estampados en oro sobre el blanco de los calzones que sólo Dios sabe si Nuestra Señora de San Juan traerá puestos. Perdóname, Madre Inmaculada: perdóname pero es que esta mañana ando ganoso y apetezco tu pubis que el evangelio dice que es virgen y lampiño, y que yo me imagino con esos labios finos y rosáceos que tienes entre las piernas, bajo los calzones y el vestido, detrás del vidrio cagado por las moscas.

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Te ofrendo esto que no será la gran cosa pero es mi humilde erección. No puedo evitar lamentarme pensando en lo lejos que está el Reino de los cielos; en lo lejos que estás tú. Abro los ojos y estiro los brazos, pero mis dedos no alcanzan a tocar siquiera el marquito que te tiene en cautiverio. El esfuerzo es inútil y me canso. Los brazos se me caen. Me incorporo y me recargo en la cabecera: descubro que mis ojos me están mirando desde el espejo del tocador. Temo que el reflejo de mi cabello enmarañado raye el espejo. Por encima de mi cabeza está el marquito de madera y adentro, sin posibilidad de escapar, Nuestra Señora de San Juan. 

A diferencia del mío, su cabello está aplastado por una corona gigante que hace el cierre infame de su atuendo. Y detrás de ella, no sin burla, el cielo azul. ¿Qué les hiciste para merecer esto? A la distancia su rostro es, apenas, una mancha borrosa. Un ridículo vestido, una corona gigante de la que todavía se cuelgan dos ángeles parásitos y los pies metidos en unos zapatos tan apretados que ella debe estar a punto de gritar. ¿O acaso los zapatos serán holgados si el resto del atuendo está hecho para torturarla? ¿Qué les hiciste, mujer? Y perdona que te hable de tú, pero es que ya no quiero ser parte, por pequeña que sea, de esta infamia.

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Me persigno, o al menos eso intento. Voy del Padre al Hijo, trazando en el aire la vertical que baja desde la frente, pero al ir hacia el Espíritu Santo, un mosca, zumbándome allá en una oreja, me distrae y lo olvido. Le tiro de manotazos y no sé si la he matado, pero el pinche zumbidito desaparece. Salto de la cama y voy al espejo. Me saludo con la sonrisa torcida de todos los días. Me miró de cerca y, haciendo bizcos ya, descubro a la mosca en el espejo. 

Sin pensarlo le tiro otro manotazo. La mosca vuela: el espejo se estrella. Grito. El dolor me punza en la mano y algo de sangre gotea sobre el tocador. Desde el espejo roto, ya descalza y sin corona, sentada, sobándose un pie al borde de la cama, ella sonríe una sonrisa que es para mí. 

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Víctor M. Campos

1976; México

Se formó en el Taller Levreriano de Escritura Creativa, dirigido por Carmen Simón, en su capítulo Querétaro. Además, es licenciado en Docencia del Arte, por la UAQ, y tiene un pie en la maestría en Intervención social, Cultura y Sociedad en la Pablo de Olavide. Es cuentista publicado por el Fondo Editorial de Querétaro, con los títulos La Diablera y otros cuentos (2005), Los Cuentos del Arcángel (2006); además por un bonche de revistas electrónicas tales como Bitácora de vuelos, Monolito, Interliteraria, El elefante azul, etc. Desde 2009 imparte talleres de escritura y actualmente es parte del Colectivo Punto Ciego que desarrolla proyectos de investigación a propósito de la discapacidad visual. 

Oleaje

Caracola Magazine más profundos que la mar.

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