Agua salada

Langosta

Langosta

Zazil Briseño

Sireno: king of the bongo

Las recuerdo chocando contra el vidrio, primero fueron unas pocas, desorientadas y curiosas, después ocultaron la luz del sol y cubrieron la tierra. Sobre las ventanas se formó un tapiz verde ocre, rico en texturas; ojitos negros escrutadores, antenas y patas. Mi estómago se hacía nudo, tenía la impresión de que derribarían el vidrio para entrar.

No lo sabía yo entonces, pero aquella plaga no era un castigo para las “niñas procuronas que se esconden entre los muebles”, tal como me lo había hecho creer mi abuela. Ya pueden imaginarse la culpa que se me vino al creerme autora de este cataclismo. No era que yo fuera mala, más bien me aburría en aquel mundo adulto e impenetrable para las personas pequeñitas, “tolondrones para los preguntones”- me respondían más seguido de lo que hubiera querido. Por eso, para sortearlo aprendí a escuchar detrás de las puertas o esconderme entre los muebles con más éxito del que se hubiera creído, pues los adultos de la casa me confundían con el mobiliario.

 

Uno de esos días pude ver más de lo que era habitual, había entrado al cuarto de una de las tías buscando chocolates en sus gavetas, cuando la puerta se abrió bruscamente, corrí a esconderme debajo de una de las cómodas para poder observar mejor: mi tía y su novio, se besaban apretando las caras, la mano de él en su cuello, luego en sus hombros, deslizando los tirantes de su vestido. Entonces aparecieron un par de senos en óvalo, los pezones encendidos parecían mirarme. Me sentí turbada así que dejé de mirar, comencé a despojar los chocolates de su brillante envoltura y devorarlos uno a uno, hasta que la tía y su novio se fueron.

Además del dolor de estómago, esta escena me dejó la sensación de haber presenciado algo que estaba mal. Había razones de peso para creer que las langostas eran culpa mía.

Pasaron algunos meses de este evento, la gente lo comentaba cada vez menos en las plazas públicas. Yo dudaba si en realidad habían llegado y tomado la ciudad o era otro de mis elaborados sueños. El caso es que dábamos por hecho que no las veríamos más. O eso pensé, pues una noche, incapaz de dormir, venía a mi mente la imagen de los pezones erectos y mirones de la tía. Esto me generaba muchas preguntas y una especie de cosquillas debajo del ombligo. Me preguntaba cómo se sentiría aquello, ¿algún día alguien me lo haría a mí? Apreté los muslos y sentí que algo me observa desde una esquina, cuando giré la cabeza lo vi; una langosta, como hoja seca, patitas vellosas, juzgándome. Tuve la impresión de que estaría mirándome de ahora en adelante y para siempre. Mis manos se llenarían de verde y se secarían delatándome, vengan a ver a la niña desobediente, la cabecita ociosa se le llenó de malos pensamientos.

Crecí para mi fortuna. Muchos personajes dejan de estar atrapados cuando crecen, este es mi caso, pues me aburría menos, aun cuando las langostas volvían de forma ocasional; la primera vez que sangré, la primera vez que estuve en una clase con muchachos, pero yo había aprendido a no provocarlas, a bajar la cabeza y hacer como que no me interesaba. Claro que recibí los mil y unos sermones de las mujeres en mi vida: “hay que darse a desear”, “los muchachos sólo piensan en una cosa y esa cosa tú debes de defenderla hasta las últimas consecuencias”. Las langostas no me dejaban desear, pero eso no era algo que pudiera decirles a ellas, yo estaba ahí incómoda, ansiosa, como un refresco agitado dentro de una botella cerrada.

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Pero el deseo llegó, a pesar de las langostas, mi abuela, mi madre y mi timidez. “E” era un muchacho de manos grandes, casi podías ver la sangre correr en sus venas. Me gustaba bastante, casi podría decir que me hacía sentir hambre. Imaginaba sus manos toscas explorando mi piel suave y lechosa, latiendo sobre ella.

 Salimos un par de veces, hasta que finalmente estuvimos los dos solos en su camioneta, yo sentía su lengua muy dentro de mi boca, me volvía blanda, húmeda, jadeante. Olvidaba todo el discurso sobre aquello que tenía que proteger de los muchachos, me gustaba olvidarlo y sentir. Cuando puso sus manos en mis pechos comencé a sentir unas patitas velludas deslizándose por mi garganta, raspándome, ahogándome. Mi encuentro terminó por un ataque de tos y asfixia.

En la escuela no tardó en comentarse este episodio, lo frígida que yo era y cómo había arruinado el momento. Se me quitaron las ganas de volver a intentarlo por un largo tiempo. En casa me asediaban: “¿Cuándo vas a traer un novio? ¿Es que quieres quedarte a vestir santos?”. Soñaba con manos como las de “E” y me frustraba despertar sin la posibilidad de tenerlas. Me excitaba y sentía el hambre acumulándose. 



Pero como todas las cosas que caen por su peso yo volvería a desear, fue algunos años después, esta vez no fueron unas manos grandes, sino una espalda ancha, morena que imaginaba suave como el resto de la piel. No estoy segura de cómo funciona la atracción, si era algo que podía oler en él, todo se aceleraba cuando nos cruzábamos por casualidad. Quería tenerlo. Esta vez iba a llegar hasta el final.

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Se lo pedí, le pedí que me lo hiciera, tuve la impresión de que las palabras se quedarían atoradas en mi garganta, pero lo hice. Él se mostró un poco sorprendido pero complacido de haberse brincado un montón de convencionalismos. Aceptó, quedamos en su departamento.

Es curiosa la distancia que existe entre dos cuerpos que van a tocarse por primera vez, entre dos alientos que están a punto de inhalarse. Acercamientos torpes, nos invitamos con algún contacto que se pretende accidental, pero es todavía muy vago para acercarse, estamos tensos, cada uno es un péndulo moviéndose a un ritmo independiente, para esto hay que sincronizarse. Nos abrazamos y vamos estrechando los cuerpos: el pecho, la cintura, la pelvis, todo hasta quedar entrelazados. Por fin lo tengo sobre mi piel, formamos un bonito contraste. Me envuelve y el hambre acumulada aparece, ahora los dos somos el péndulo que se sincroniza: tomo su cabeza entre mis manos, mi verde aparece, pero es un color fresco, hierba húmeda en la que podría camuflarse un bichito, la langosta se ha quedado quieta, lo cierto es que me va más ser una mantis religiosa.

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Zazil Briseño

Guadalajara

tapatía nacida a finales de los noventa, egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Entre sus líneas de investigación se encuentran el feminismo, los estudios de género y el erotismo. 

Langosta es un cuento con tendencia a la fantasía, que aborda la temática del control sobre el cuerpo y el deseo de las mujeres desde edades tempranas, pero también de la importancia de sublevarse, convertirse en individuos empoderados capaces de satisfacer sus deseos y acceder al placer.
 

Oleaje

Caracola Magazine más profundos que la mar.

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