Agua salada

LA PALOMA DE FÁTIMA

LA PALOMA DE FÁTIMA

Autor: Irving Jesús

Sirena virtual

Mario llevaba varias semanas mandándose mensajes con Fátima. 

En una ocasión la conversación se prolongó hasta altas horas de la noche, la dinámica se convirtió en una ronda de preguntas y respuestas que rápidamente se tornaron candentes.

– ¿De qué color es tu ropa interior? 

– Negra. ¿Cuándo fue tu primera vez? 

– A los 16, ¿y la tuya? 

– Prefiero no contestar.

– ¿Por qué? 

– Mejor otra, ¿va?

– ¿Eres virgen?

– Sí.

Algo en la respuesta de Fátima lo entusiasmó, nunca había estado con una virgen, le habían tocado chicas que tenían más experiencia que él. Se preguntó si se sentiría diferente. 

Estuvo insistiendo varios días invitándola a su casa a ver películas, el propio Mario sabía que la excusa era muy mala. Sorpresivamente aceptó. 

– ¿Quieres ver al Hombre araña?

– Déjate de rodeos, quiero que me hagas un hijo.

No podía creer lo que escuchaba, ni en las películas porno habían argumentos tan afortunados para los protagonistas. También se aterró cuando escuchó la palabra “hijo”, asumió que debía tratarse de un eufemismo, de una manera decente de referirse al sexo, después de todo Fátima sólo tenía 15 años.

La sesión empezó con piquitos, Mario buscaba la lengua de su compañera, no lograba terminar de introducirse en su boca. Esa fue la certeza que le confirmó su inexperiencia.

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Le tocó un seno y lo estrujó, luego lo soltó para masajearlo con calma, no quería lucir agresivo y espantarla. 

Después de minutos de besos tranquilos, aceptó que quizás no llegaría muy lejos, estaba conforme, por lo menos había tocado pechos virginales, quizás más adelante llegaría a la tercera base.

– Quítate la ropa, por favor.

– ¿Qué? 

– Te dije que quiero que hagamos un hijo.

Mario no cabía en la alegría, se quitó el pantalón y ya estaba erecto. Mientras que Fátima se alzaba la falda y se desprendía de los calzones.

– ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué tardas tanto?

– Estoy buscando un condón. 

– No lo necesitas, si lo usas no podrás saber realmente cómo se siente.

Fátima tenía razón y ya no lucía tan inexperta. Torpemente se quiso abalanzar sobre ella pero lo contuvo diciéndole: 

– ¿No quieres ver primero el paisaje?

Mario se deslizó entre sus piernas tersas y se encontró de frente a una vulva cubierta con vello clarito, casi pelirrojo, algo en sus pliegues invitaba a incursionar en esa selva indómita para descubrir qué había adentro. 

Con la lengua se lanzó a la aventura. Apenas despegaba uno de los labios protectores cuando del oscuro interior sin fondo brotó una fragancia líquida que lo durmió. 

Despertó en su cama desnudo. ¿Qué había pasado? No podía recordar nada más allá de los infranqueables labios de Fátima. ¿Lo había logrado? Qué importaba. ¿De qué sirve una victoria que no puede ser visitada en la memoria?

Le dolían los brazos, en realidad todo el cuerpo, sentía como si lo hubieran atropellado o sus huesos se movieran. Lo más insoportable era la boca, ¿por qué le dolía tanto? 

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Corrió a asomarse al espejo y descubrió que tenía los labios muy hinchados y duros, no podía contraerlos, estaban levantados, como si fueran la boca de un pez o mejor dicho el pico de un ave.

Pensó en llamar a Fátima para averiguar qué le había hecho, ¿lo había mordido? No pudo hacerlo, descubrió que sus dedos apenas eran visibles, estaban sumiéndose en sus puños.

Sintió comezón por todos lados y no podía rascarse, sólo paró la incomodidad cuando emergieron de su amorfo cuerpo unas plumas blancas.

Llegó la noche y la mamá de Mario estaba en casa, tocó a la puerta del cuarto y nadie respondió, la abrió pensando que su hijo estaba haciendo una de las suyas y sorpresivamente voló una cautiva paloma blanca. 

La paloma buscó a Fátima, se posó en su ventana y la encontró sobándose el vientre. Cuando la chica se descubrió siendo mirada invitó a pasar al ave y le dijo:

-Te conté que era virgen, siempre lo he sido, inmaculada y sin el pecado de la carne, ahora también seré mamá, como María. Muchas gracias por tu semilla líquida necesitaba beberla. ¡Mario, fuiste mi espíritu santo! Ahora márchate, tu misión ha finalizado. 

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Irving Jesús Hernández Carbajal.

México

Licenciado en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente es maestrante en Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Ha sido docente en la Universidad Humanista Hidalgo. Autor del libro: “La naturaleza del rinoceronte.  Escritos de juventud” publicado en la Editorial Cipselas. Fue columnista en el Periódico AM Hidalgo y es fundador de la iniciativa filosófica “Theorein: Las aves de Minerva”. Ha publicado en medios como: “Revista de Filosofía Reflexiones Marginales” (UNAM), “Revista Cuadro” (La Salle Pachuca), “Revista Latinoamericana de Ciencia Ficción Espejo Humeante” y en la “Antología Mar Crepuscular #1” (Editorial Dreamers). Ganador en 2020 de “Polifórmica: Primer Concurso de Relatos de Terror, Ciencia Ficción y Fantasía” (organizado por Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la UAEH).

Oleaje

Caracola Magazine más profundos que la mar.

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