Agua dulce

El fracaso del sexo libre

El fracaso del sexo libre.

En el 2014, la psicóloga Marta González daba una conferencia en Madrid: “TED TALK”, comparaba el cuento de la bella durmiente y su gallardo caballero con el proceso de fecundación humano

Por A. L.

En la conferencia se dice que hay una herencia narrativa y, por lo tanto, moral que se habría filtrado en las representaciones básicas de la ciencia para reforzar colateralmente las estructuras culturales de género, el óvulo yace inerte, hasta que el más veloz e intrépido de los espermatozoides que lo cortejan consigue llegar hasta su muro, lo atraviesa y lo activa para dar comienzo a una nueva vida.

Pareciera que casi siempre es complicado separar de tajo las estructuras narrativas del poder de nuestro campo de experiencia, aún en las más limpias y benévolas formas de conocimiento que tenemos a nuestro alcance, como la ciencia, podemos localizar herencias y quizás guiños a las lógicas del patriarcado, en ese sentido, vale la pena preguntarse hasta dónde han cedido nuestros mitos y nuestras evidencias ante la brutal e invisible red de la biopolítica. Es bien sabido que el sexo libre es un tema de moda, ha sido bandera de las últimas propuestas de la sexología y ha marcado un rostro multicultural y pansexuado del pensamiento global, podemos inscribir una rica gama  multicolor de prácticas y subjetividades en la noción de que todo sexo merece libertad de experimentarse a sí mismo.

¿A qué exactamente nos referimos cuando hablamos del sexo libre?, ¿El sexo es libre cuando es consensuado?, ¿El sexo es libre cuando se habla sin tabúes?, ¿El sexo es libre cuando aceptamos a quien lo practica como un sujeto de derecho?

No lo sabemos, sin embargo tenemos a nuestro alcance, a través de cualquier expresión cultural moderna, desde las interrogantes del párrafo anterior hasta el shibari y el perreo, que el sexo, en tanto coito y voluntad, es el registro del placer corpóreo territorializado, es decir, el sexo está en un lugar, tanto en el glande que eyacula como en las piernas que se abren, en la habitación de un hotel, pero también, y más importantemente, habita el campo del Yo/Consumado, en otras palabras, no podríamos pensar en el sexo como una manifestación independiente de lo subjetivo y del discurso:  “yo estoy cogiendo”, “yo estoy siendo cogido” pero, ¿cogido, tomado, territorializado?, ¿Dónde? La respuesta es: en el poder.

De tal forma que para darle algún sentido a nuestra bandera de sexo libre, es imprescindible contemplar el acto sexual del Yo/Consumado como una coerción, donde la libertad poco tiene que decir. Basta con echar una mirada al alarmante índice de casos de abuso sexual para convencerse de ello, o la aberrante propuesta de incluir a las personas atraídas por menores como una orientación sexual, la sexualidad es entonces una territorialización/poder, igual que el cuerpo desnudo y pintado de las feministas re-apropiándose de su cuerpo cosificado, igual que “el misionero” fue la posición favorita y de mayor practica en la cultura Baby Boomer.

Desde este ángulo, la noción de sexo libre queda descompuesta, es contradictoria e inútil, porque sexo en tanto una experiencia de territorialización humana es incompatible con libertad, el sexo es dominación, es la posibilidad de experimentar la afinidad asimétrica del otro, a pesar de que sea consensuado, el propio encuentro de la carne siempre se complace en la diferencia que cede ante la fantasía y el deseo, que pone el propio cuerpo en  circulación ante una demanda o una orden  “todo es sexo, menos el sexo, el sexo es poder” afirma un slogan de la campaña publicitaria de una serie de televisión, donde -por cierto- su protagonista, estuvo involucrado en un escándalo sexual.

Confinados

No sé si nombrarme con tus vocales
o inventarle otras sílabas a esta nueva manera demasturbarme.

Nos vemos obligados a posicionarnos en otros términos si queremos rescatar la sexualidad libre, para ello es prudente tomar un recorrido de sentido, sexo libre es un término irresoluble y también es una categoría moral, entonces, el sexo será disfrutado y permitido en la medida en que es libre, en la medida en que es bueno, en la justa medida y en su igualitaria distribución, la equidad aparece aquí como un salvavidas y un anclaje, que, por un lado, equilibra y compara; iguala y valora, y, por otro lado, imposibilita la producción de otros significados confinándonos a un sólo espacio antropológico, una sola realidad.

“¿Por qué combaten los hombres por su servidumbre como si se tratase de su salvación?” reflexiona Spinoza a propósito del Tratado Teológico Político, quizás es un tema que tenga que ver con la territorialización del significado, y que, a la luz de nuestros tiempos, podamos encontrar esta misma lucha y malestar en las apropiaciones sexuales derivadas de la búsqueda de equidad, en los numerosos intentos de las disidencias sexuales por incorporarse a las agendas del mercado, del saber y del deber.  

Nuestra sociedad se permite correr el riesgo de igualarlo todo y proponer hasta las más íntima de las experiencias como un valor de consumo, como un valor heterotópico que, igualado con otros a partir del sistema de equidad, va a estar al alcance de quien pueda consumirlo/consumarlo, provocando en esta operación la aniquilación de la alteridad, ahora bien, como indicamos párrafos atrás, la experiencia sexual presupone el deleite de la diferencia y la asimetría, de incorporar en los marcadores de deseo al otro y su millonésima diferencial, pero, ¿cómo podemos admitir esta noción en nuestra sociedad si es ésta quien se opone a las asimetrías?

 

 

Quizás la respuesta tenga que ver con una renuncia, con el desastre, con lo inefable, con el asumir que la liberación del sexo es, al mismo tiempo, la renuncia a la territorialización. 

 Byung Chul Han en la “Agonía del Eros”, nos cuenta sobre el desastre, que en términos generales significa la falta de un astro,  quizás, la falta de guía y la falta de centralidad, y, si algo de lo que se escribe en el presente texto tiene para alguien algún sentido, recordaríamos que “todo es sexo, menos el sexo, el sexo es poder” y por lo tanto, ese sexo del poder territorializado tendría que descomponerse y transexualizarse.

Es decir, transitar en el desastre, únicamente transitar, merodear la centralidad del sexo/poder sin asumirse completamente en esa lógica, ubicarse –no sin dificultades-  en la falta de un astro sexual, sería no únicamente cuestionar al machismo y al patriarcado, también sería parecido a renunciar al cálculo de la sexología, a dejar empolvado en los estantes del academicismo a Master y Johnson, a Kinsey, Kraepelin y  semejantes, que territorializados en el cogito coordinan mucho del fenómeno sexual en un lugar entre innatismos y desviaciones, ambas formaciones siempre fértiles a la patologización  y por lo tanto a las ortopedia ideológica.

En otras palabras, el sexo libre tendría que ser una idea sin sentido, un crimen a nuestras instituciones, pero no por la concepción popular de la libertad, ni del consenso, mucho menos de la igualdad o de los estatutos lógicos que sostienen al Yo, sino precisamente por todo lo que le es contrario, en la violencia del consenso encontraremos pues, el significado de las cosas, la scientia sexualis, al enfermo y lo unívoco, mientras que –paradojicamente- en Otro lado, en la transitoreidad del sexo libre, espero podamos contemplar el lugar sin lugar, la dolorosísima renuncia del Yo, lo polisémico de lo orgásmico, la irrupción del afuera radical.

Quizás sea prudente escuchar a los locos y “des-pensar”, la libertad no es ni la posibilidad de elección y mucho menos es un “estado mental”

Si nuestra sexualidad nos cuenta una historia, es una historia colmada de opresión, represión y tabúes, donde las personas obsesionadas con un sí mismo, vuelcan todo vínculo a una sexualidad vacía de todo lo que es erótico, atravesada y atraversada por el romance capitalizado, por agendas políticas y deudas ideológicas que sólo serán saldadas con cuerpos neuróticos, preocupados por la belleza, el déficit y el exceso, por calcular, volver igualitaria y politizada toda experiencia de deseo, queremos aprender sexualidad, enseñar sexualidad y categorizar la sexualidad en la promesa de occidente: felicidad y libertad (y enfermedad).

Nosotros, en este texto, preferimos observar la ausencia de mentalidad, la vida misma como fractura y diferencia, la aberrante y terrorífica supresión del Yo para dar apertura al otro, sexo, amor y erotismo.

Experiencias en el sexting

El sexting era una forma de expresión bastante utilizada en estas salas de chat, ante la evidente falta de imágenes.

Sexo, amor, erotismo implicaría no igualar mi Yo con el otro, más bien enloquecer en la entrada del otro, el otro que propone la descomposición de mis lugares y confort, la entrada radical y dolorosa de otro siempre tiene un precio, la atopia, es decir, lo desubicado, “fall in love, te trae de naves”, “poner los cuernos”, “me la voy a coger”, “nuestra relación no va a ningún lado”, son expresiones que nos sugieren un campo ideológico/topográfico que se pierde, se sustrae o se amenaza, “amar sin poseer” sería amar en mi territorio, sería no pagar mi Yo en la entrada del otro, quedarme ubicado siempre en la infertilidad de lo igual donde poco o nada se produce, si se quiere, en lo contrario a la libertad.

El sexo libre estaría desubicado, desproporcionado, igual que el orgasmo, estaría en un no-lugar, ni es palabra ni es grito, es en todo caso…

Un murmullo de toda contracultura y en su cualidad de erotismo sería el desafío de la neurosis y la ciencia, un atentado al feminismo y a las tecnologías de la sexualidad.
A. L.
Caracola magazine

Pueden colaborar todos los hispanohablantes interesados en el proyecto a través de la convocatoria abierta.

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