Agua dulce

Cuentos Ace, una cópula narrativa

No es tan diferente

Autora: Ainhoa Verdugo

Eulari está frente a Quirze. A ella le tiemblan las manos, él no deja de mover la pierna. 

—No tenemos que hacer esto si no quieres —dice Quirze, alejándose de ella para no incomodarla.

—Está bien, te amo y es lo único que necesito —responde Eulari.

Él asiente y se vuelve a acercar a ella. Toma su mano y con lentitud la coloca sobre su pierna. Quirze se estira para alcanzar la caja, roza el hombro de Eulari, ella se estremece y sonríe. La caja termina en medio de los dos. Con manos temblorosas y dudas en la mente, él abre el paquete y observa su contenido, después la mira a ella. La vista de Eulari se pierde en el fondo de la caja, los ojos le brillan, su lengua se asoma discretamente. Si tan sólo ella lo mirara a él de la misma forma, sin embargo, sabe que nunca lo hará.

La lengua que él tanto ama, que le ha dado los mejores besos de su vida, sin embargo, en ese momento, ese órgano no será de él. Fue idea de ella, aun así, él no está del todo seguro de que sea bueno para los dos, alguno podría terminar sufriendo. 

Pero Eulari ya no lo soporta más, se suelta del agarre de Quirze y mete la mano en la caja. Con cuidado lo levanta y lo acerca a su boca, abre grande y le da una enorme mordida a la pizza familiar que pidieron. 

Con más carne de la que Quirze pudo imaginar, mira a su chica masticando con deleite y lentitud, un gemido surge de su garganta. Él ha escuchado ese gemido cuando están ocultos en la habitación de ella, en esos momentos el que causa el sonido es él; ahorita, es la pizza. En otras ocasiones es el pay de queso con fresa, la malteada de vainilla, los tacos al pastor. 

Eulari mira a su novio y sonríe de nuevo, invitándolo a tomar una rebanada, él asiente, mirándola. Cuando la conoció pensó que era una chica como cualquier otra; le gustó de inmediato, quería saber más de ella. Así fue como se dio cuenta de que no era tan “normal” como había pensado. Tenía una obsesión extraña con los coches, de los que sabía mucho. Amaba escribir historias de caballeros y guerras medievales.

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Eulari emite un pequeño grito que detiene el discurrir de los pensamientos de Quirze, él toma la servilleta de inmediato y busca la mancha de la que ella se queja, había caído en la pulsera de tela. Él deja de lado su rebanada de pizza y toma la muñeca de ella para limpiar la mancha. Los colores negro, gris, blanco y morado se notan borrosos bajo la grasa de queso. Él sabe lo importante que es esa pulsera para ella, es parte de su identidad, les dice a los demás que, por mucho que se vista con faldas cortas y escotes, se maquille o use tacones; no es una chica “sexual”, como sus amigos le dicen. No, ella lo hace porque le gusta y a Quirze le gusta mucho más verla así.

—Listo —dice él mirándola.

—Mi héroe —dice ella riendo al tiempo que sostiene una nueva rebanada de pizza, lista para metérsela en la boca.

En verdad jamás pensó que alguien como ella existiera en el mundo. ¿Qué importaba su orientación sexual? ¿Qué importaba que a ella se le antojara más la comida que él? ¿Qué importaba si cuando él la besaba, ella se encendía y su deseo la ponía al cien, lista para él? ¿Qué importaba? Él la amaba.

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Vivir sin atracción

Él se me acercó sonriendo. Me llamó la atención el kilt que usaba y la carrera que dijo que estudiaba. Platicamos un poco y nos despedimos.

Días después él me mandó mensaje, noté claramente los indicios: él estaba tratando de acercarse, ¿le habría gustado? Lo supuse, pero no quería adelantarme, él se iba a ir en menos de un mes y tengo la mala costumbre de ilusionarme muy rápido.

Él había comentado que estaba tratando de escribir una novela y usó ese pretexto para acercarse, ¿qué mejor que una escritora profesional que le ayudara? Así que lo invité a un taller de escritura al día siguiente.

Por alguna razón me sentía emocionada de verlo, ¿era por lo que estudiaba? ¿Se debía a que era buzo? ¿Sería por su particular forma de vestir? No lo sabía del todo, pero me di cuenta de que deseaba verlo esa tarde.

Cuando llegó traía una camisa roja con negro, mi combinación favorita, mi corazón dio un vuelco al mirar su frente, no lo sé, esa parte de su rostro tenía un algo especial. Me senté algo alejada de él para que no me distrajera, pero su acento chilango mezclado con norteño tenía algo que me hipnotizaba. Me obligué a poner atención en el taller, debía dar mis comentarios sobre los textos que habían llevado los demás participantes, así que lo alejé de mi mente lo más que pude. Más, no sirvió del todo.

Una vocecilla dentro de mi cabeza me decía: “¡mira qué linda frente! ¿Ya viste su sonrisa? ¿Y esas pestañas? Hace muy buenas aportaciones a los textos, se nota que ha leído bastante, aunque su carrera sea ligeramente opuesta a letras”.

Traté de callarla en varias ocasiones; no me dejó en paz durante toda la tarde. Al final me di por vencida. Cuando salimos, me fui con él al metro. Aunque otras dos chicas iban con nosotros, yo quería estar a solas con él, poder observar y entender qué tenía que me provocaba esa sensación en la boca del estómago, sin embargo, no pudimos quedarnos solos. Al despedirnos me sentí frustrada, a pesar de eso me quedé callada.

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Al día siguiente me reuní con algunas amigas, entre ellas estaba una de las chicas que se fue con él la noche anterior, me pregunto:

—¿Te gusta?

Yo me quedé en silencio, ¿me gustaba? Sabía que me llamó la atención, que mi mente estaba fascinada con él, pero ¿gustarme?

—Quizá —fue mi respuesta.

—Es que si te gusta, me alejo —dijo ella—. Pero tiene un algo, ¿no? Es tan… sexy, no sé. Ayer que regresamos juntos el metro frenó bruscamente y caí sobre él, ¡dios, que buenos brazos y que pecho más fuerte! Se me antojó verlo desnudo y después… me lo comería completito.

Guardé silencio y esbocé mi sonrisa de amabilidad.

—Ya veo —respondí.

—¿No crees que es sexy?

—¿Sexy? —pregunté.

A pesar de mis treinta y tres años, nunca me había parecido nadie “sexy”, ninguno de mis novios o mis artistas favoritos. Me enamoraba de ellos por sus sonrisas, por sus mentes agudas, por su carisma, no por su cuerpo.

—¡Deja de molestarla! —intervino otra de mis amigas—. Es asexual, ¿recuerdas?

Mi amiga me miró con lástima y respondió:

—¡Cierto!, lo siento. Pero que desperdicio de chico, sino lo vas a aprovechar, me dices. Yo sí le saco jugo.

Suspiré harta, negué con la cabeza y me despedí.

Cuando él lo supo sólo me dijo:

—Nunca he salido con una chica ace, será una experiencia interesante.

Fue la primera de muchas sonrisas que me ha sacado.

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Ainhoa Verdugo

México

Estudió la licenciatura en Creación Literaria en una Universidad Autónoma de la Ciudad de México, así como el diplomado del Programa de Escritura Creativa de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Ha publicado dos cuentos en dos antologías diferentes: “Cenzontle de Papel” en el 2011 y “Florecer en la plaza mayor” el siguiente año. Recientemente acaba de salir el libro, “Poéticas de la creación”, publicado por la UACM, en donde aparece un ensayo sobre la Fantasía Épica, escrito por ella.

El 20 de mayo de 2020 publicó su primera novela, “La Bifurcación”, inscrita en el género fantástico épico. Es la primera entrega de cuatro de la saga de “El Sendero”. Libro que puedes encontrar en formato digital en el siguiente link https://www.amazon.com.mx/dp/B088CSXJ85

Oleaje

Caracola Magazine más profundos que la mar.

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2 comentarios

  1. Kammer dice:

    La mejor escritora del mundo!!

  2. Natd dice:

    Me atrapoooo *.*

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