Agua salada

Las ensoñaciones de su creación más perfecta

Las ensoñaciones de su creación más perfecta

Autor: Axayácatl Tavera Rosales

Sirena: Hydra

Estaban los tres, como monos de Jingorō, sólo que en vez de sabios, locos y pervertidos, eran yunkies. Los tres sentados en el barro a la orilla de la última luz. Sucios y hediondos, revolcándose entre los fangos de su viaje. A un paso de sus bocas se añejaba la oscuridad más penetrante, la primigenia, esa de donde salieron los dioses y las estrellas. Los humos de la carretera los alentaban a soñar con la carne tallada, frotada hasta transformarla en cenizas.

Uno, cuyas palabras se resbalaba hasta el fondo de la tierra, se imaginó las múltiples variaciones del contorno perfecto. Con su consciencia tejió hilos que al viento fueron creando la silueta de una hembra como las que habitan lejos de su planeta. Una de las prostitutas doradas, de las que cobran cifras con cinco dígitos. La figura ideal que ante los ojos de la realidad resulta incognoscible, alucinante como el LSD viajando en las venas de aquel que, tirado, se convulsiona sobre los fluidos en sacrificio al santo de la depravación.

Formaciones disonantes de un vientre terso, blanco y firme como el mármol; un culo tan jugoso, que al tacto despertaba las pasiones dormidas en la sangre; del torso sobresalían como ejemplo de simetría unos pechos erguidos que eran coronados con suaves botones de rosados poros; todo un monumento que se cimentaba sobre dos piernas largas, torneadas. Cabellos dorados, una mezcla de mechones rubios con rojos que se prolongaban hasta la mitad de la curva de su espalda. Un rostro sin mácula, facciones de la finura en la selección genética propia de un paradigma de mujer. Labios gruesos, húmedos; manos delicadas, cintura delgada, sin rastro de bello e interior carnosamente tibio. Mujer sin mayor marca que un ombligo perfectamente biselado. 

Una composición bellamente inhumana, una criatura que sólo podría vivir en los rincones pervertidos de la mente de un hombre onanista.

Al segundo, de la cabeza le brotaron nubes disueltas con las especias intoxicantes que pasaron de la forma de colmena a retorcidos cilindros desde donde brotó el sonido, algo parecido a palabras, que de fondo, eran los gemidos de ideas en brama. Así, a los dos los penetró el mismo gusano de tacto ácido que, retorciéndose en su cerebro, fueron concibiendo a la mujer que tomó forma de deseo.

Group-73.png

Llenos de polvo hasta los intestinos, esos dos se sobaban el rabo en una sesión mental compartida y se veían recorriendo con la lengua cada centímetro del concepto que había nacido de su incomprensión. 

El tercero, igual de sucio y desgraciado, otro miserable pusilánime, una escoria más, soñaba no muy lejos y aun así aislado. Su mente construía su propia versión de la misma idealidad, pero a diferencia de sus coterráneos él pensaba en una silueta que creía recordar. Bajo la base de alguien que creía haber visto, sobre el recuerdo de cosas que creyó sentir vivo. Con la mugre hasta las rodillas y cerca del fuego que todo lo calcina, fue reconstruyendo el sentido que imprime la sensación de presenciar una visión de la belleza. Entre sus manos fue creciendo un cuerpo delgado del que nacieron cabellos rizados de color oscuro y castaño; ojos cafés, piel con un tono moreno que variaba según su exposición a la luz; pechos que cabían en la palma de su mano, brazos delgados con las cicatrices del día que aprendió a andar en bici; dedos que, aunque fríos, terminaban de forma irregular; un vientre en el que se formaba una pancita, no muy pronunciada, sólo lo suficiente como para acentuar el contorno de su valle y crear un lugar sobre el que quería morir; unas caderas ligeramente menos anchas que los hombros; nalgas un poco abultadas pero no demasiado, preciso, acorde con la proporción a unas piernas que la alzaban a una estatura regular. La imagen viva de alguien que estaba en algún sitio de la ciudad.

Su sueño se convirtió en un cuerpo atravesado por los años. Un sueño que andaba, respirada, dormía, comía, reía, jugaba, se ensuciaba, sufría, odiaba, bebía, se cansaba, pero un sueño al fin y al cabo. Pese al amplio marco de posibilidades y su seductora vista, aún no era real, se trataba de una extraña conjunción de embrutecidos deseos. La ilusión de una probable existencia que diera lugar a algo que está más allá de cualquier palabra y estaba allá, lejana, y aquí sólo era un reflejo. 

Se ató a esa ensoñación y el dolor penetró en todo, quizás por el apego en tiempos veloces o por el simple proceso en el que las epifanías no se vuelven verdad. Se fue minando el reposo, corroyendo la esperanza y todo lo demás. Enajenado del mundo. Ebrio de un no-sé-qué quedó tirado a la orilla de la avenida, a un metro más de la última luz, en esa negrura en la que se pierden los límites de la corporeidad.

Group-73.png

Aferrándola entre las manos con tanta fuerza que sus huesos de fantasía tronaban. Buscando las respuestas que crearan la ruptura en su soledad. La miro pese a no tener trascendencia espiritual, sufrió, aun sabiendo que en ella habitaba el vacío la necesitaba ahí. Porque la naturaleza de la perfección es un error. En ese largo abrazo, trozos resquebrajados de ella entraron en su carne, hasta sus venas, en su corazón y su entrepierna. Sangro lo suficiente para hacer una mezcla entre su cuerpo y el de una idea. 

Al cabo de un rato su vuelo casi terminaba, los dos querían más, así que volvieron a los callejones donde los dealers reinaban en su propia marginalidad. El tercero se quedó derramado sobre su lugar. Solo, sin ninguna señal de su ensoñación, se quedó sumido en las ideas de esa voz que no ha oído, de los labios que jamás había besado. Extasiado por un aroma que no ha aspirado y hormigueándole las manos al recordar la caricia de la piel que no conocía. Alucinando con los murmullos de afecto, sexo y miel.

Una mañana, en el día de no-sé-quién, estaba el tercero de pie en una esquina. El sol borraba todo rastro de misterio a la vida, todo era luz, todo era dolor de cabeza y cuentas que pagar. El tercero levantó por un momento la mirada del suelo y, cruzando la calle, iba ella, caminaba como caminamos todos los consumidos por la rutina. No había gracia, no había belleza, era pura cotidianidad, aburrida y con olor a sudor rancio; nada que ver con la libación salada de sus pasiones.  Al tercero le se dibujó la mueca de desencanto y sobriedad, así que se quedó ahí, sobre la esquina de la avenida, esperando que el manto de las sombras se posara sobre su mundo, esperando el momento idóneo para arponearse una realidad en la que se fundía con sus anhelos. 

Group-73.png

Axayácatl Tavera Rosales

1992; México

Licenciado en filosofía (FES Acatlán – UNAM). Escritor de tiempo parcial con algunas publicaciones en revistas digitales. 

Oleaje

Caracola Magazine más profundos que la mar.

Tal vez te gustaría..